PAPÁ, ¿QUÉ ES LA NAVIDAD?


“Se asoman padre e hijo por la iluminada ventana a una estancia y entra por sus ojos una escena abundante de luces multicolores, globos flotando de un lado a otro, pinos, paquetes con envolturas ornamentales, música, risas y  abrazos de un grupo de personas mayores y unos niños con alegría desbordante, en torno a una gran mesa en la que abundan alimentos deliciosos.

- ¡Papá, ¿qué están haciendo? - Están celebrando la Navidad.

El niño se queda callado con sus manitas aferradas a los barrotes de la ventana, tratando de comprender las palabras de su padre.


- Papá, ¿qué es la Navidad?

- Es el día que se celebra el nacimiento de Cristo. Hoy es Noche Buena; un día como hoy nació Él.  Ésta es la noche más bella, hoy nuestros corazones sienten más amor por todos los demás.  Nos invita a vivir en armonía haciendo felices a quienes nos rodean.

- ¡Nosotros celebramos la Navidad?

- ¡Claro! A nuestra manera, como Dios nos permite, con lo que Él nos da y nos llena el corazón. La celebramos con amor, hijito. Amándonos más tu madre, tus hermanos y yo. No es necesario que tengamos regalos, eso es efímero; se acaban, se destruyen. Es muy bonito, es cierto, pero no indispensable.

A los mayores, esta Noche Buena, nos hace sentirnos con el espíritu que tuvimos cuando niños, aunque no debemos sentirlo solamente en estos días, sino ¡todo el año! ¿Y sabes cómo es perdurable? Teniendo a Cristo-Niño en el centro de nuestra vida, reuniendo a nuestra familia, deseándoles todos los bienes espirituales de la vida.

- ¡Tendremos regalos?

Dios no olvida. Dios está siempre pendiente de nosotros y de alguna forma u otra nos hará felices, siempre hay gente buena dispuesta a dar la mano al que no tiene.”

Es cierto. Navidad es la época más bella del año, siempre y que le demos el sentido que debe tener en nuestros corazones. Primero que nada, el festejado, el que debe ocupar el lugar de honor en la convivencia, debe recibir de todos el regalo supremo del amor. Si no hay amor entre padres, hijos y entre toda la familia, Él sentirá que no tiene cabida en esa reunión.



Siempre he pensado que la cena de Navidad debe contener ciertos sentimientos sobre la mesa; ingredientes, les llamo yo. He aquí algunos:

Antes de sentarte a la mesa, piensa en lo afortunado que eres y, primero que nada, coloca sobre ella el ingrediente del agradecimiento a Dios. Por todo, por lo bueno y por lo malo, por las dificultades y por la adversidad, por las bondades que nunca mereceremos y que no apreciamos porque vivimos nuestra vida en un torbellino. Si nuestras acciones fueron buenas, ¡Gracias Señor! Si actuamos mal, ¡Gracias Señor!,  porque nos das la oportunidad del arrepentimiento y la corrección, haciendo de nuestros errores y fracasos lecciones de vida, de tirar por la borda nuestros prejuicios y todas las dudas que ensombrecen nuestra alma.

Hay otro sentimiento, otro ingrediente, que le da sabor al banquete celestial de esa Noche Buena: El perdón. Pidámosle a ese Niño Dios que ponga su mano sobre nuestro corazón y arranque de él toda la cizaña, que nos libre de nuestros rencores, de las dudas y desconfianza, del rencor hacia el hermano, el amigo, el compañero,  que cometen errores, sí, pero también nos ofrecen sus virtudes. ¿Por qué deseamos insistir en que ellos sean como nosotros quisiéramos?

Si sientes que te ofendieron, perdona. Si sabes que ofendiste, pide perdón. Siéntate a la mesa de Cristo con el corazón libre de rencores.



Aprovecho para hablarte de otra virtud, de otro ingrediente muy importante en esa cena. No estés ante los demás con el ceño fruncido de más: ¡Sé feliz! Eso es un compromiso para con Dios que nos dice “Estén alegres siempre”.  Así nos quiere, alegres, porque ése es el toque que puso sobre nosotros cuando nos dio la vida. ¿A veces nos parece muy pesado algún sufrimiento? Tal vez, pero tenemos fuerza para superarlo. Dios no nos da carga que no podamos soportar. Así podemos aquilatar sus bendiciones que casi siempre pasamos por alto, no las sentimos. Siéntate  a la mesa y dile “Gracias Dios mío, por todo lo que me diste este año”.

Por último, no está por demás, después de agradecerle; después de incluir el perdón, después de pedirle que haga cada vez más fuerte nuestra intención de ser felices, pidámosle también que nos permita compartir. Mucha gente dice una oración de acción de gracias que se queda corta: “Bendice, Señor, estos alimentos que vamos a recibir. Bendice las manos que los prepararon. Dales pan a los que tienen hambre, y hambre de Ti a los que tenemos pan”. ¿No sería mejor decirle a Dios “…bendice las manos que los prepararon. Permítenos compartir nuestro pan con los que tienen hambre, y danos hambre de Ti a los que tenemos pan?” Compartir, sí. Compartir con los que menos tienen. Enseñar a nuestros hijos a compartir lo que tienen con quienes sufren carencias.

Deseo a todos que en esta Noche Buena, su cena sea rica en ingredientes espirituales, las bendiciones de Dios se multipliquen entre sus familias y la felicidad inunde sus corazones.


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